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viernes, 20 de diciembre de 2013

Las flores que oculta el bosque

(Como no tengo fotos de bosques, os dejo una que hice de un "camino" mientras volvía con unas amigas de una excursión a Ainsa)

Ah... Tan bien... Saca sus manos de las cristalinas y frescas aguas del arroyo y se las pasa por el rostro y el cuello. Suspira satisfecha y contempla el reflejo del agua. Oh, la luna es tan hermosa esa noche... pero ella lo es aún más. Y lo sabe. Sonríe satisfecha al verse emulada en el agua. Un rostro perfectamente angelical, de tez nívea y cabellos claros, largos y lisos, ojos que se debaten entre el gris de la plata y el azul que el cielo estival lucía durante el día. Todo su ser emana un aire de pureza y fragilidad, la clase de aspecto de alguien que no puede ser otra cosa que bondadoso y afable a ojos de los demás.
La otra ríe desde su asiento en una roca. Se gira hacia su hermana y la ve sonreír, pero no con la dulce sonrisa de su reflejo en el agua, sino con una que más se asemeja a una mueca sarcástica, quizás cruel, sin duda alguna amenazante. Pero no para ella, oh, jamás le haría daño a ella y lo sabe, como sabe cuán bella es. Su hermana tampoco es fea, y está lejos de ser común. Es una belleza, pero no una belleza angelical como la suya.
Y entonces lo percibe, el bosque guarda silencio. Su hermana se pasa las manos pálidas, pues la nívea tez es quizás el único rasgo físico que comparten, por su melena azabache y ondulada. Entorna los ojos violetas enmarcados por espesas, largas y oscuras pestañas mientras aspira el aire con deleite. Se estira con movimiento felino y abandona la roca musgosa, apartando finalmente los ojos de su hermana de dulce aspecto, quien, sin embargo, es incapaz de apartar sus ojos de la sonrisa que no se ha borrado del rostro de su hermana, hasta que esta misma desaparece entre el espesor del bosque. La sigue al momento.
Ambas se desplazan sin prisa, con una elegancia y fluidez más propias de espíritus que de seres corpóreos como ellas. La morena se detiene, su hermana, que le seguía pocos pasos por detrás, hace lo mismo.
Dos jóvenes vagan por el bosque, se han salido del sendero en busca de unas flores que de ninguna otras forma podrían conseguir.
-Esto es ridículo, no las vamos a poder encontrar con tan poca luz.
Su compañero le chista mandándole callar.
-¿No fuiste tú el que dijo que quería impresionar a Leda llevándole las Flores que Oculta el Bosque? Dicen que solo aparecen a la luz de la luna, lejos de los senderos, así que deja de quejarte, que lo estamos haciendo por ti.
-Pero esto no me gusta, no me gusta nada. ¡Ni siquiera sabemos qué aspecto tienen esas flores! ¿Y si son solo un cuento de viejas?
-No grit... -dejó la frase en el aire al ver al pecado en persona. O lo que probablemente sería, a su parecer, la lujuria si se encarnase. Ella se humedeció sus rojos y tentadores labios y le mostró una sonrisa entreabierta, invitadora. Apenas iba vestida con un vestido negro, tan liviano que dejaba entrever hasta el tamaño de la aureola de los pezones, largo hasta el suelo pero rasgado, mostrando unas piernas largas, blancas y suaves, casi tan tentadoras como la carne que mostraba el pronunciado escote. Durante ese instante los dos olvidaron por completo quiénes eran y qué estaban haciendo allí, hasta que un gritito ahogado llamó la atención.
La mujer fatal sujetaba a otra por los pelos, los miró, una lágrima calló desde sus ojos, límpidos e inocentes, su vestido, que antes probablemente había sido pudoroso y de un blanco virginal, ahora estaba sucia y rasgada. Sintieron que algo se rompía en su interior, volvieron sus ojos a la belleza pecaminosa, pero ya no con fascinación, si no ira y asco, algo se habría en su interior, un deseo primitivo de proteger a la que obviamente era una doncella en apuros, capturada por algún tipo de hechicera o demonio. No, no se dejarían engañar por ella. Se abalanzaron, la derribaron, y no les costó nada reducirla. A decir verdad, apenas opuso resistencia, pero eso no les preocupó, sonreían satisfechos viéndola tirada en el suelo, inmóvil. Se sentían auténticos héroes mientras tendían sus manos a la dama que acababan de rescatar de tal peligro.
-Gracias, oh, gracias... -balbuceaba entre sollozos ella- Lo siento, lo siento tanto...
-No te preocupes, estás a salvo - la consoló el joven que tenía por amada a la tal Leda. Arropó entre sus brazos a la aterrada joven durante un rato, un buen rato, demasiado rato...
-¡Ey! -su amigo le tiró del hombro- No creo que a Leda... -el otro lo apartó de un empujo- ¡Oye! Mira, eres mi mejor amigo, pero apártate de ella ahora mismo.
Ninguno pensaba ya en Leda, ni que eran amigos desde que tenían uso de razón. De pronto no había nada más para ellos que un sentimiento de odio mutuo, un deseo de proteger a la chica... el uno del otro. De tenerla solo para ellos. Sí, un ser tan hermoso, tan dulce, tan puro... ¡Nadie más la tendría! ¡Nadie más podría protegerla!
Llovieron puños, patadas, uñas y dientes, hubo piedras, hubo palos, hubo sangre,¡y hubo muerte!
Ah... La joven rubia se acercó a los dos cuerpos inertes de los jóvenes. Estaban muertos. Se inclinó sobre uno de ellos, acercando sus labios al rostro de este y... abrió la boca y mordió, sus afilados dientes desgarraron y masticaron, y tragó. La nariz, las mejillas, los labios y los ojos... Oh, los ojos.. Tan bien... Engulló primero a uno, y mientras comenzaba con el otro cayó en la cuenta de algo. Levantó por un momento la vista de su banquete y sonrió a su hermana, que la observaba sentada con las piernas cruzadas a pocos metros, era una sonrisa pura y sincera, a la que su hermana respondió con la suya propia, aquella burlona y cruel; ambas satisfechas.
-Gracias, hermana -dijo, e hizo un puchero-. Ojalá pudieses saborearlos conmigo -su hermana siguió sonriendo, cualquiera que no la conociese volvería a insistir que con diversión y crueldad, pero ella la conocía, y vio la adoración en sus ojos. Oh, todo el mundo la adoraba, a ambas, probablemente, aunque de distinta manera. Es que eran tan bellas...


Anton observó el bosque desde el camino, he hizo un amago de acercarse al borde, pero su padre lo detuvo.
-¿A dónde crees que vas, mozalbete?
-Ah, papá, estaba pensando... Bueno, ayer oí a unos chicos mayores del pueblo hablar de ir a recoger unas flores llamadas las Flores que Oculta el Bosque, decían que eran muy especiales y bonitas... Y bueno, estaba pensando... Que a lo mejor eran unas de esas plantas mágicas que la abuela decía que había en los bosques, que podían curar a las personas. Y se me ha ocurrido que si le llevásemos a mamá aunque solo fuese una, a lo mejor se ponía bien...
Su padre lo miró severo.
-Esos chicos son unos zoquetes. Esas flores solo se pueden ver de noche, y créeme, hijo, que ni tú ni ellos querríais verlas realmente.
-¿Por qué? -preguntó el muchacho, intrigado.
-Bueno, dime, ¿no le decía yo a mamá mi flor a veces?
-Ehm... Sí, pero porque es guapa y... bueno, os queréis mucho...
-Exacto, ¿pero tu madre es una flor? No, ¿verdad? Es una humana.
Anton miró de nuevo hacia los árboles, con el ceño fruncido.
-¿Las Flores que Oculta el Bosque son personas?
-No, hijo, son muchachas, o al menos lo parecen. Se dice que son dos hermanas, fruto de la unión de una fada y un humano. Una de ellas heredó la belleza de su madre, rubia, pálida y esbelta, pero sus dones eran tan humanos como los de su padre. Por el contrario, la otra, si bien era hermosa, lo era de una forma más humana, pero había heredado los dones de su madre: ejercía un irresistible encanto sobre los hombres y, sobre todo, era inmortal. Estaban muy unidas, y no soportaban la idea de que la muerte las separase algún día, pero resulta que la madre de su padre era bruixa, y enseñó a sus nietas el secreto de cómo robar la vida de otras personas para alargar la propia.
Anton tragó saliva.
-¿Y cómo era eso, padre? -no pudo evitar preguntar.
-Devorando su carne. Pero no era tan fácil, pues esa magia no surtía efecto si la carne devorada era de alguien que hubiesen matado ellas mismas. Solo podía consumir la carne de quien hubiese muerto voluntariamente por ellas. Así que habitan este bosque, engañando a los jóvenes incautos que osen abandonar el camino en la noche, pues es el momento en que las bruixas y fadas malvadas son más poderosas.
Y sin más siguió caminando. Anton se apresuró a seguirlo, puede que aún fuese de día, y puede que fuesen por el camino, pero no quería arriesgarse.

2 comentarios:

Cascabel dijo...

¡Qué callado te lo tenías!
Me gusta >.<

Óscar Vicente Obón dijo...

Mola ^_^ +.+